El sueño de una noche de verano

Esta etapa post covid-19 (por llamarla de alguna manera…) me ha servido como una auténtica catarsis, una renovación espiritual y mental que creo que hacía mucho tiempo que no vivía, lo cierto es que incluso estoy consiguiendo hacer cosas que antes no era capaz, como salir a correr cada día por la mañana.

Precisamente en el paseo que he dado hoy, rodeado de naturaleza, he ido atando cabos y recordando cosas, eran temas más o menos pendientes, que se habían quedado ahí, sin más.

En mi cabeza hoy ha hecho acto de presencia mi último año de instituto, posiblemente la culpa de ello la tenga Netflix, darme cuenta que fuimos la última generación del COU, previo a la universidad, antes de que la LOE hiciera su aparición estelar…

El Instituto, lo que para algunos fue una experiencia espectacular para otros, tal vez no tanto, debo reconocer que yo estaba metido en un grupito de esos que pretendían sacar buenas notas, algunos lo conseguían y otros íbamos a remolque.

Fue una etapa preciosa en muchos aspectos, desarrollé muchísimo mi potencial creativo, aprendí a tocar la guitarra, escribía novelas cortas (tengo un cariño especial de esas clases de Taller de Novela), colaboraba en una asociación ecologista que habíamos montado (desarrollábamos un boletín en papel reciclado, en el que me encargaba de una sección llamada «Natura futura» o algo así), incluso participamos en un concurso adaptando a la radio una novela de Isabel Clara-Simó… y ganamos!!!

Me rodeé de personas peculiares y enormes en muchos aspectos, y eso también me ayudó mucho en mi crecimiento, no solamente académico, también como persona.

Pero del mismo modo que fueron años que recuerdo con cariño, no están excentos de mi peculiar sufrimiento, en parte por ser un adolescente con las hormonas alborotadas y con un millón de inquietudes sin ordenar en mi cerebro.

El amor para mí supuso un problema, tampoco era muy agraciado físicamente (un poco como ahora pero peor) y en esa época supongo que todo el mundo se fijaba en el físico, por superficial que pudiera parecer.

Mi gran amor platónico fue no correspondido, me enamoré ciegamente, comencé a ver un montón de virtudes y me pegué tal batacazo que necesité meses (o todo un curso) para desentenderme por completo… acuñé como propia una cita «El desenlace de un amor platónico es el desengaño» y me sentí perdedor por partida doble, cuando me volví a fijar en otra persona que volvió a descartarme…

Hoy lo veo con perspectiva y me da la risa, pero entonces sufrí, los sentimientos no se pueden forzar, los de nadie, y a esas edades no sabes reaccionar, por mucho que pienses que ya eres un adulto maduro.

Recuerdo aquel festival en forma de obra de teatro, típica, tópica, William Shakespeare en vena, El sueño de una noche de verano… ay Dios mío qué viejos somos.

Hacía no mucho que se había estrenado (una versión ópera rock?) Romeo y Julieta en los cines, protagonizada por Leonardo di Caprio, o Titanic… películas en las que triunfaba el amor, el amor, no teníamos ni idea de lo grande del significado de esa palabra.

Cuánto daño nos ha hecho el séptimo arte, qué ideas nos ha ido inyectando de manera subyacente, en un subconsciente que ha ido procesándolo todo para dejarnos un mensaje sin que nos demos cuenta.

Mientras recordaba todas esas escenas de ese último año, y me montaba precisamente mi propia obra en la cabeza, esbozaba una sonrisa, no fue un mal momento, pero lo viví, como siempre, con una intensidad bárbara, magnificando lo pequeño y no dándole, a veces la importancia que merece, sentir la experiencia y haber formado parte de una historia que no volverá a repetirse jamás.

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