Pensar demasiado

Un día laborable cualquiera podría ser algo así:

Suena el despertador, pero has descansado, te preparas el café y las galletas, normalmente tengo por ahí a mi mujer dando guerra desde primera hora, comentamos las primeras noticias de la jornada, despertamos al peque, la odisea de los pañales, vestirlo, el desayuno, las risas… y para la guardería, después queda media horita antes de entrar a currar para echar un ojo a la prensa, voy a por cafés y entro a trabajar. La jornada es gratificante, hasta el mediodía en que voy a entrenar, una hora de dar vueltas a la pista de atletismo o algo de gimnasio, vuelta a casa, me recaliento la comida, miro algo de noticias, me echo en el sofá, leo algo en la tablet y vuelta de nuevo a trabajar, cuatro horas muy entretenidas, pasan rápido, y regreso, algo de cena, tiempo para los míos, en televisión algo insulso, banal, para no tener que pensar, y a dormir, mis ocho horas de un tirón…

Básicamente eso es una jornada normal para mí, los días festivos son otra historia, y antes del confinamiento todo eso (y los detalles del día a día) me hacían enormemente feliz y tal vez todo ello era precisamente porque no me daba tiempo de pensar.

Los peligros de estar encerrado tantas horas (aunque saques la basura o vayas al super, no cuenta mucho…) es que la cabeza funciona a mil por hora, y magnificas lo más simple, le das vueltas y vueltas, imaginas universos paralelos, construyes mil historias, tu aliado estos días son la bici estática y la guitarra acústica (que hacía mucho que no tocaba), descontando las 8 horas de teletrabajo (por suerte) el resto lo pasas dándole vueltas a todo… STOP!

De lo que me está sirviendo esto es para pensar demasiado, volver ya no será lo mismo, ni mejor ni peor, será distinto y habrá que adaptarse, y lo haremos, lo conseguiremos porque no queda otra, aunque no será el escenario utópico, tampoco es la distopía de un capítulo de Black Mirror…

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